aditivos alimentarios

Los aditivos alimentarios

Aunque desde que nos levantamos hasta que ponemos punto y final a nuestra jornada la química se encuentra presente en todas y cada una de las actividades que desarrollamos, en los últimos tiempos el incremento de la quimifobia, entendiendo esta como el miedo o rechazo a todo aquello que esté relacionado con las sustancias químicas, ha alcanzado cotas preocupantes. Lo más curioso, y a la vez denunciable de esta peligrosa moda, es que precisamente uno de los sectores que más utiliza la química en el desarrollo de sus productos, la poderosa industria alimentaria, está empleando la quimifobia para ganar suculentos dividendos… y eso está muy feo.

Sin duda alguna el eslogan que más estamos acostumbrados a ver en los productos alimenticios es el típico “Sin colorantes ni conservantes”, acompañado la mayoría de ocasiones por los no menos quimifóbicos “Sólo natural” o “100% natural”. A pesar de que me cuesta creer que determinados productos no empleen conservantes ni colorantes en su composición, sobre todos aquellos cuya “fecha de caducidad” o “consumo preferente” es de varios meses como conservas vegetales y animales, en el post de hoy no vamos a poner en tela de juicio la composición de estos alimentos, cosa que también podríamos, sino el mensaje subliminal que se está mandando al consumidor con ese eslogan totalmente denunciable.

Independientemente de los ingredientes que estén presentes en el producto final, debemos todos estar de acuerdo en que la idea que se intenta transmitir al consumidor con el eslogan “Sin colorantes ni conservantes” es que, en el caso de llevarlos, el producto tendría algún riesgo sobre la salud humana… y eso no solamente no es cierto sino que debería estar absolutamente prohibido, al igual que ocurre en muchos países como es el caso de EEUU donde etiquetar un producto como “Libre de transgénicos” no está permitido porque no se ha demostrado que su presencia pueda acarrear ningún problema sobre la salud.

Para argumentar esta teoría, hace unos días realicé una encuesta en la puerta de diferentes establecimientos a más de 100 personas en la que les preguntaba acerca del efecto que en ellos produce el hecho de ver en una etiqueta el ver la frase “Sin colorantes ni conservantes”. Los resultados, aunque esperados, fueron preocupantes. El 85% de los encuestados entienden que un producto que no lleve este tipo de aditivos presenta mayor seguridad alimentaria que aquel en cuya etiqueta aparezcan las palabras conservantes, colorantes, etc. y, si además le añadimos el término “Solo natural”, los encuestados piensan que no solamente es más fiable sino también más nutritivo… sin comentarios.

Los datos que refleja la encuesta previamente citada están en consonancia con los mostrados en la investigación realizada a nivel europeo sobre la percepción de los riesgos relacionados con los alimentos y publicados en el último Eurobarómetro, según el cual más de dos tercios de la población española está preocupada por la presencia de aditivos en los alimentos.

Además, este estudio refleja que los españoles tienen mayor confianza en la seguridad alimentaria que ofrecen los productos frescos como frutas y verduras, que precisamente son los grupos de alimentos que mayor riesgo tienen de provocar determinadas enfermedades en caso de no manipularlos correctamente, frente a los mal llamados “alimentos procesados”, que pocas veces han dado lugar a intoxicaciones alimentarias… cosas de la Quimifobia.

¿Pero dónde está el riesgo del consumo de aditivos para que la población huya de ellos despavoridamente? En ningún sitio. Es necesario recordar que en España, al igual que en todos los países de la Unión Europea, para que un aditivo pueda ser utilizado en la elaboración de un producto alimenticio, debe haber sido evaluado toxicológicamente y sometido a exigentes ensayos que demuestren su inocuidad, incluyendo en caso de que fuera necesario el posible establecimiento de una ingesta diaria admisible y teniendo en cuenta a los grupos de consumidores más vulnerables. Además, según la legislación vigente, el uso de los aditivos siempre debe estar justificado tecnológicamente y el solicitante debe explicar claramente por qué no se puede conseguir el efecto tecnológico por otros medios económica y tecnológicamente viables, indicando las ventajas y beneficios para el consumidor.

Por último debemos indicar que la concesión del tan temido por algunos grupos ecologistas “código E”, que acaba con el proceso de autorización de un aditivo, no tiene un efecto sine die. Si en función de la evolución de conocimientos científicos surgiera alguna duda sobre la inocuidad de un conservante o colorante se procedería inmediatamente a su retirada de las listas positivas.

Entonces, y volviendo a nuestro eslogan quimifóbico, si un aditivo ha pasado todos estos controles y está autorizado para su consumo por las autoridades competentes que insisten en que no existe motivo de inquietud derivado del empleo de aditivos en la industria alimentaria española… ¿Cómo es posible que, para aumentar el índice de ventas, se permita etiquetar un alimento con un mensaje que sugiere a la población que la ausencia de ese compuesto es beneficiosa para la salud?

Pero no se vayan amigos de la Quimifobia Alimentaria… como decía Súper Ratón, aun hay más. Sigamos analizando el famoso eslogan “Sin colorantes no conservantes” pero ahora desde otro punto de vista. ¿Qué pasaría si realmente prescindiéramos en nuestros productos alimenticios de colorantes y conservantes? Los aditivos, al igual que los aromas, los coadyuvantes tecnológicos y las enzimas son ingredientes tecnológicos, sin cuya utilización no sería posible la comercialización de muchos de los alimentos que hoy en día están disponibles en el mercado. En el caso de los conservantes, huelga decir las ventajas de su uso como un mayor tiempo de conservación, la prevención de cualquier tipo de problema sanitario relacionado con el alimento, etc.

Por otra parte los colorantes se añaden a los alimentos para mejorar su aspecto y hacerlos más apetecibles o para reemplazar pérdidas de color que se producen durante el proceso de elaboración…por no hablar de la aceptabilidad de un alimento ya que les puedo asegurar que, sin la presencia de colorantes, muchos de los alimentos que diariamente consumimos no serían aceptables desde el punto de vista psicológico, como ocurre con golosinas, algunos postres, los ‘snacks’, muchas bebidas y especialmente los alimentos dirigidos al público infantil, que es el colectivo que más se guía por la vista a la hora de comer.

Pero antes de terminar tenemos que hacer una última consideración…quizás la más preocupante. ¿Entenderían ustedes que una persona no pudiese ingerir un aditivo en nuestro país por motivos sanitarios pero que, si cogiese un avión y se desplazase unos kilómetros traspasando fronteras, ya pudiese consumirlo sin riesgo alguno? Yo no…pero las autoridades alimentarias parece ser que sí.

De forma poco comprensible existen, por un lado, aditivos que están permitidos en la UE -donde manda la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria– pero no en EEUU -país en el que la Food and Drug Administration controla el cotarro- y, por otro, aditivos aceptados en el país americano pero no en la UE… incluso el país norteamericano ha cerrado recientemente las fronteras a determinados aditivos procedentes de terceros países como China…y todo esto ha provocado el caos.

Casos como los del tetraborato sódico, el aceite vegetal bromado o la azorrubina son ejemplos de colorantes y conservantes que se permiten a un lado del Atlántico y no al otro, y viceversa. En el caso de la azorrubina la situación es esperpéntica ya que incluso dentro de países de Europa hay unos, la mayoría, donde se permite y otros, como Noruega, donde no está aceptado su uso como aditivo.

Esta lamentable situación también afecta a otros grupos de aditivos. En el campo de los edulcorantes no calóricos un caso que clama al cielo es el del ciclamato. Hoy en día, existen varias organizaciones, tales como la FAO, la OMS y la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria que avalan su uso sin aparentes daños a la salud en más de cien países del mundo. Sin embargo, en EEUU su uso está prohibido desde 1970 por la FDA…¡¡por considerarlo potencialmente cancerígeno!!. Este disparate legislativo ha provocado que aberrantes etiquetas absolutamente sin sentido, como la que se muestra a continuación, aparezcan en diversas webs con el consecuente daño que pueden provocar no solamente a las empresas implicadas sino también al consumidor.

Pero si hay un caso que demuestra que las verdaderas razones de todo este “sin sentido” van más allá de las sanitarias, éste es el de la sacarina. Este aditivo, que se emplea habitualmente como edulcorante no calórico en la elaboración de bebidas refrescantes, yogures edulcorados y en productos dietéticos para diabéticos, ha aparecido y desaparecido a lo largo de la historia de las listas de aditivos permitidos en diferentes países y estuvo mucho tiempo prohibido en EEUU.

Dependiendo siempre de la presión efectuada por la industria del azúcar o de otros edulcorantes rivales, como es el caso del aspartamo, la sacarina era considerada más o menos tóxica e incluso antes de legalizarse su uso en EEUU llegó a permitirse su comercialización siempre y cuando se etiquetase bajo eslóganes tales como: “Este producto contiene sacarina, de la que se ha determinado que produce cáncer en animales de laboratorio” o bien “El uso de este producto puede ser peligroso para su salud”…sin comentarios.

La solución a este caos legislativo tenemos que buscarla mucho más allá de los intereses sanitarios. Diversas corrientes ideológicas, de las cuales no estoy muy alejado, opinan que el tema de los aditivos alimentarios está sujeto a la presión que la industria alimentaria, a través de sus poderosos lobbies, ejerce sobre los legisladores; no en el aspecto de que autoricen algo que no debe permitirse por razones de seguridad/salud sino para prohibir algunos aditivos alimentarios que no gustan a la competencia. Además, el hecho que existan demasiadas organizaciones encargadas de velar por la seguridad de los aditivos como la FDA americana, la EFSA europea y otras pertenecientes a terceros países ha provocado rivalidades entre ellas con resultados desconcertantes… como siempre el dinero, los celos y las envidias profesionales están detrás de todos estos “extraños fenómenos”.

¿Seguimos pensando que la industria alimentaria puede seguir empleando los mensajes ambiguos “Sin conservantes ni colorantes”, “100% natural” o similares que utilizan el binomio juego salud/riesgo para confundir al consumidor?
Concluyo. Es absolutamente necesaria una revisión de la legislación vigente acerca de los aditivos alimentarios que, por un lado, permita unificar internacionalmente todos los aspectos relacionados con estos compuestos y, por otro, impida el uso de determinados eslóganes publicitarios basados en miedos injustificados y no en realidades demostradas científicamente cuya única finalidad es confundir deliberadamente al consumidor. Si lo logramos habremos dado un gran paso para detener el avance de la Quimifobia.

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Fuente del artículo: naukas.com

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